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Una Computadora Literaria
Gabriela tomó el teléfono que estaba junto a la computadora y marcó el número de Juan, amigo suyo desde hacía tiempo. No obstante que era de madrugada, Juan contestó el teléfono apenas hubo sonado tres veces.
“Evidentemente Juan tiene el sueño ligero”, pensó Gabriela mientras escuchaba un “¿Bueno...?” algo adormilado.
-¡Hola, Juan! Disculpa que te moleste tan temprano pero es que no pude contener la emoción de decirte que... -dijo Gabriela, hasta que se oyó interrumpida por Juan; quien apenas estaba terminando de despertar.
-¿Quién habla...? ¿Gaby? -preguntó Juan ya del todo despierto.
-Sí, soy Gaby. En serio, lamento haberte despertado tan temprano; pero quería que supieras que acabo de terminar de trabajar en la computadora y todo resultó bien. ¿Puedes venir para que tú mismo veas...? -alcanzó a decirle Gabriela antes de oírse nuevamente interrumpida.
-¡No me digas que sí se pudo...! ¡Qué bien! En un ratito estoy en la escuela.
Luego que hubo colgado, Juan cerró los ojos y dejó escapar un gran suspiro.
Gabriela García y Juan Pérez eran estudiantes de la Escuela de Ciencias de la Universidad Michoacana. Mientras que Gabriela estaba a punto de terminar su carrera, Juan apenas cursaba sus primeros semestres. Sin embargo, la amistad que los unía provenía de mucho tiempo atrás, casi desde su niñez.
Gabriela siempre había sido una estudiante promedio. Nunca sobresalió demasiado, pero a menudo tenía chispazos de ingenio que sorprendían a quienes la conocían. Su principal defecto era el dejarse llevar de inmediato por una situación, sin detenerse un segundo a analizarla. Juan, por el contrario, era una persona analítica por excelencia. Nunca daba un juicio sin antes meditarlo dos o tres veces desde distintos puntos de vista. Era inteligente, pero su capacidad no sobrepasaba el estándar habitual.
La Universidad Michoacana contaba desde hacía tiempo con el servicio de un Centro de Cómputo Nocturno, que prestaba sus servicios a los estudiantes que por algún motivo no podían trabajar durante el día. Gabriela estaba trabajando con una computadora personal de mediana potencia antes de llamar a Juan. Esta computadora era, en cierta manera, parecida a sus antecesoras; las PC’s de la década comprendida entre los años 1990 y 2000. De hecho, el poder de una máquina como la de Gabriela era muy superior al de las llamadas supercomputadoras que existieron también en aquella época. El avance de la técnica había ocurrido hasta entonces a pasos agigantados y parecía que apenas iniciaba. La tecnología de las computadoras era relativamente nueva y prometía mucho. Era sólo cuestión de esperar...
Juan se vistió de prisa y salió de su casa pasados alrededor de diez minutos luego de recibir la llamada de Gabriela. Una llovizna helada y un vientecillo ligero lo hicieron volver por algo con qué cubrirse. Ya de nueva cuenta en la calle, tardó unos minutos antes de poder conseguir un taxi. El viaje hasta el Centro de Cómputo fue rápido y sin contratiempos. Descendió rápidamente del vehículo. Estaba lloviendo copiosamente.
Gabriela lo estaba esperando desde hacía un buen rato. Se notaba ansiedad en sus grandes ojos cafés. Su cabello, castaño y algo quebrado, caía hasta sus hombros en un pequeño desorden que revelaba una larga noche de trabajo. En la mesa de al lado había una jarra a medio consumir de lo que parecía ser un líquido negruzco y dos tazas, una de las cuales estaba recién servida y dejaba escapar un delicioso aroma a café caliente.
-¡Qué bueno que llegaste, Juan! -dijo Gabriela- Te mojaste mucho. ¿Te sirvo un café...? -preguntó mientras tomaba la taza vacía y la comenzaba a llenar.
-Gracias, Gaby. -le dijo Juan mientras tomaba la taza con ambas manos. Se llevó la taza a la boca y le dio un pequeño sorbo.- A ver, -dijo por fin- enséñame qué fue lo que hiciste.
-Mira, Juan... ¿te acuerdas de lo que estuvimos charlando el otro día? Bueno, pues con la ayuda de la computadora fue muy sencillo hacerlo y comprobé que tenía razón...
-Pero no entiendo qué fue lo que hiciste exactamente, Gaby. -dijo Juan-. ¿Podrías explicármelo otra vez? -interpuso Juan, quien visiblemente no entendía nada.
-Muy fácil. Durante siglos los escritores han hecho enormes esfuerzos por producir obras que valgan la pena. Muchos han dedicado casi la totalidad de sus vidas y su producción no es demasiado abundante relativamente... bueno, al menos hasta ahora no había podido ser así, pero he resuelto el problema.
-Es tan simple -continuó Gabriela- que parece imposible que se pueda hacer de esta manera. En un idioma como el Español se usan, por lo regular, 55 símbolos diferentes para escribir. Estos símbolos son las letras (que son 27, si no consideramos letras dobles como la ‘ch’), las vocales acentuadas (que las consideraremos distintas a las vocales sin acento), los dígitos del 0 al 9, doce símbolos de puntuación (que son el punto, la coma, los dos puntos, el punto y coma, las comillas, el guión, los dos signos de interrogación, los dos signos de admiración y los dos paréntesis) y un espacio (que separa las palabras y lo consideraremos como símbolo.)
-Imagínate, Juan, -ya nadie podía parar a Gabriela con su explicación- que tienes un papel muy largo con una hilera de 300 cuadritos, por ejemplo, numerados del 1 al 300 en una de sus esquinas. Además, cuentas con 300 compañeros, numerados de la misma forma, que te ayudarán en el experimento. Cada uno de ellos escribirá cualquiera de los 55 símbolos que te acabo de decir dentro del cuadrito que tenga su número. Así, cuando todos hayan escrito su símbolo preferido en su cuadrito, tendremos una cadena de texto de 300 símbolos que puede ser algo coherente o no. Es mucho más probable que no signifique nada, pero puede ser que obtengas una frase bonita. La desventaja de esa manera de fabricar frases de 300 letras es que es muy lenta. Seguramente tardaríamos años (quizá siglos) antes de lograr algo entendible.
-Sería tan tardado porque habría que considerar 55300 frases distintas, pues en el primer cuadrito se podría escribir cualquiera de los 55 símbolos; igual que en el segundo y en el tercero... así hasta el numerado con el 300. -repuso Juan, quien apenas pudo interrumpir a Gabriela.
-¡Exacto! -dijo Gabriela-. Pero la computadora hace esto con una velocidad pasmosa. Y en lugar de 300 “cuadritos” yo usé 20 mil, de tal suerte que las frases resultantes sean de 20 mil símbolos. Además, el algoritmo que usa la máquina es capaz de discriminar adecuadamente las frases. Así, ni siquiera considera las que contienen palabras con dos vocales acentuadas o las que tienen dos o más espacios juntos, por ejemplo. Esto reduce enormemente la cantidad de frases a analizar. Las que logran pasar esta depuración, son comparadas inmediatamente con textos de la base de datos de la Biblioteca Central. Si la frase resulta contener cierto número de palabras válidas, entonces la guarda en el disco. Mi trabajo únicamente consiste ahora en leer los resultados...
-Ésta, por ejemplo, es una de mis frases construidas por computadora -le dijo Gabriela a Juan mientras le mostraba una tira de papel impresa.
Juan se quedó pasmado al leer las primeras líneas del texto en cuestión:
“EN UN LUGAR DE LA MANCHA, DE CUYO NOMBRE NO QUIERO ACORDARME, NO HA MUCHO TIEMPO QUE VIVÍA UN HIDALGO DE LOS DE LANZA EN ASTILLERO, ADARGA ANTIGUA, ROCÍN FLACO Y GALGO CORREDOR.”
-¡Caramba, Gaby! ¡Esto es sensacional! -dijo Juan con la voz entrecortada.
-¡Claro! -dijo Gabriela con una sonrisa pícara en los labios- Bueno, en realidad se trata de una pequeña broma. -se rió mientras Juan casi se desmayaba- Ya hablando en serio, aquí están los primeros resultados:
“COCINA QUE LIMPIA HOY Y TU SDOF MIEDO XZCZO SDAS TRES ASXCGTF CASA”
-Como puedes ver, muchas palabras existen en el Español. De hecho, las primeras seis aparecen en el diccionario. Te aseguro que, con un poco de tiempo, también Don Quijote (al menos su comienzo) aparecerá fabricado por mi computadora...
Juan se quedó pensativo por algunos instantes. La “pequeña broma” que le había jugado Gabriela hacía unos momentos lo hizo reflexionar sobre la suerte de la literatura, hasta entonces considerada como un arte. Bastaría con un rato en la computadora para generar obras de la altura de las creadas por cualquier escritor clásico. Ni Cervantes, ni Goethe, ni Homero, ni Tagore, ni cualquier otro escritor de esa talla habían soñado que alguna vez las letras se podían mecanizar.
-Y con algunos pequeños refinamientos y otras tantas ligeras modificaciones podremos lograr que la computadora también aprenda a hacer poesía tal y como hace prosa. -dijo Gabriela triunfante- Sólo es cuestión de...
-Quizá le quitarás al hombre el gusto de escribir, Gaby. -dijo por fin Juan- Piénsalo bien, tal vez no sea lo mejor para la creatividad y para el corazón del hombre.
Y Gabriela cerró sus ojos y pensó en ello.
1995
Leon Felipe Herrera Ramirez