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Por CuauhtemocPacheco
(Cuadernillo,Main).
Cuento corto de ficción publicado en El Taller de la
Enciclopedia Libre(Cuadernillo,SoftwareLibre)
Eran las 2:00 horas de la mañana y no parecía que alguien se hubiera dado cuenta. Era una noche más que pasaba yo, solo y en vela, dentro de mi vehículo. Los sonidos misteriosos y lejanos, como ya era habitual, se perdían en la profundidad de la noche y no lograba comprender la procedencia ni la causa... sobre todo porque los sonidos y destellos de explosión, aunque distantes, siempre eran o muy lejanos o cercanos... de direcciones siempre diferentes e impredecibles. Cada sonido escuchado me recordaba el rugir de una alma agonizante calcinada por un tenue fulgor que destellaba más allá de las colinas del horizonte. Era terrible pensar en las dolorosas noches que se habían vivido.
En mis manos sólo veía los guantes grisáceos que me resguardaban de la perdida de calor nocturno. El reloj de pulsera sobresalía sobre mi muñeca ya que contaba con todas las funciones necesarias para mantenerme en el lugar donde me encontraba. Mis ojos ya estaban cansados de mirar tantas y tantas veces el cielo nocturno que terminé conociéndolo tanto hasta lograr aborrecerme de el. Casi apenas parpadeaba y allá estaba la noche, larga y profunda llenando los huecos de mis pensamientos. Y en la vasta quietud de la noche de pronto un fulgor resplandeciente y momentáneo más con su respectivo estruendo apagado aparecía hacia un lado del horizonte. En mi espera no muy prolongada, otro más aparecería.
Mi ejercicio personal era el de adivinar de donde provendría el siguiente fulgor. Había contado setenta y cuatro en las últimas tres noches y sabía que podía seguir contándolas indefinidamente noche tras noche. Los fulgores anteriores a esas primeras setenta y cuatro no fueron cargadas a la cuenta personal ya que hasta entonces no les había tomado tanta importancia como hasta ahora, pero haciendo algunas estimaciones poco exactas de mi parte preferiría no recordar cuantas habrían sido por temor a no ser preciso. Lo que si sé es que ya llevaba más de veinticuatro noches como ésta y la escasa cuenta de explosiones que llevaba eran tan sólo las de las últimas tres noches.
Hubo un fulgor que juraría habría sido el más lejano ya que el sonido no alcanzó a llegar hasta mis oídos. Fue muy tenue su luz y por más que seguí la cuenta de segundos después de mirar el resplandor su sonido nunca apareció y asumí que lo que resplandeció estaba realmente lejos.
Durante las días, cuando aparecía el enorme sol enterraba mi vehículo bajo la arena y eran esos los momentos cuando podía yo dormir mientras arriba la arena el calor y la luz infernales llenaban con su sofocante esencia la atmósfera del desierto. Ya entrada la noche podía desenterrar el vehículo y tolerar de manera más directa el frío seco nocturno. Todo se limitaba a esperar a ejecutar la orden a mí asignada en el momento y en el tiempo indicado: la quinta noche próxima a partir de este día a las tres con veinte horas de la madrugada abriría yo la placa que contenía mi misión, la Número 946.
Llegado el momento con sumo cuidado saqué de entre mi equipo la placa que contenía mi misión y con un ligero golpe liberaría el dispositivo de instrucciones rompiendo el contenedor exterior.
Novecientas cuarenta y seis explosiones contaba en ese momento un General de Campo mirando un mapa del planeta. Habíamos sido dominados. Suicidio programado la sentencia.